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11 de febrero de 2016

[CRÍTICA] Carol: la película perfecta


Hay películas sobre las que es difícil escribir pero pocas por el motivo de Carol. Difícil, porque es complicado pensar en cómo escribir algo que no sea una carta de reverencia sobre la última película de Todd Haynes, una película sin fallos, un todo perfecto, tanto en cada una de sus partes como en su conjunto. Pocas veces, con suerte cada varios años, llega una película así a los cines, un viaje, un trance en el que uno recuerda para que existe el cine y por qué nos gusta tanto que esa serie de luces se proyecten sobre un panel blanco.


Carol narra una sencilla historia de amor, basada en la novela autobiográfica de Patricia Highsmith, El Precio de la sal. En los años cincuenta, una adinerada mujer en proceso de divorcio luchará para mantener la custodia de su hija mientras empieza una relación con una joven dependienta que descubrirá con ella, no solo la homosexualidad, sino su verdadero carácter y sentido vital. Los prejuicios de la sociedad de aquellos años serán el principal impedimento.

Quizás estemos ante el argumento más agradecido de los últimos años, recordemos La vida de Adèle, otra obra superior del último lustro que se podría resumir de manera similar. Pero, como dijo Hitchcock, lo importante no es el qué, sino el cómo. Todd Haynes imparte una clase absolutamente magistral de cine, de formas clásicas, sin fallo alguno, donde todo está en su sitio. De forma opuesta a la cinta francesa, Carol es comedida y juega con la insinuación, cada gesto de sus dos protagonistas, cada mirada mediante la cámara de su director, cada plano respondido por su opuesto, un simple roce de manos se agiganta en esta película recordándonos el deber que el cine tiene para y con la más sincera emoción.


Estamos ante una película de formas clásicas, donde Haynes vuelve al terreno de su aclamada Lejos del cielo para recuperar las formas del melodrama clásico, con Douglas Sirk como principal referente. Si en la cinta protagonizada por Julianne Moore, un hombre de negocios, también a mediados de siglo, descubría su homosexualidad mientras su mujer se enamoraba de su jardinero negro, Carol continúa con dicha estela, cambiando el conflicto al género opuesto. Ya divorciados, será la mujer, Carol, una Cate Blanchett absolutamente indefinible por cualquiera de los calificativos más superlativos, la que intentará continuar con su vida y asumir su verdadero ser en una sociedad que se lo impide. Al contrario que en otra de las grandes obras sobre el lesbianismo de Hollywood, La calumnia (William Wyler, 1961), Carol si conseguirá encontrar un amor correspondido, la Audrey Hepburn de esta película es Rooney Mara, frágil por fuera, valiente por dentro.


En una película perfecta quizás sea algo repetitivo evaluar las partes que forman el todo. Las dos protagonistas, almas de la película, están magistrales, la presencia de Blanchett es inconmensurable y Mara nos gana con su compleja sencillez. La forma en la que Haynes tiene de unirlas, de hacerlas conversar, es de una delicadeza y sensibilidad pasmosa. El guión, lleno de dobles sentidos también es una delicia. Las vemos juntas por primera vez en una mesa entre la multitud, después será la más joven la que rememore su historia hasta dicho momento para continuar hasta un final magistral. Una estructura circular de la que uno se olvida ya que se encuentra completamente transportado por ella, desde el travelling que abre la película hasta el contraplano frontal que la cierra, no sobra ni falta absolutamente nada. La puesta en escena tampoco tiene igual, la forma de resaltar a sus protagonistas entre la multitud,, de unirlos con las miradas y los planos, entre la gente o tras las puertas, el uso de los travellings y las panorámicas es igual de hábil, preciso y exacto. Dicho todo desemboca en otra clase de cine que culmina con una cátedra del plano-contraplano que no se veía desde Ozu.


Pocas veces uno se asoma a una película tan bien hecha, dirigida, rodada e interpretada. La excelente dirección artística y la música rallan también al mismo nivel que el conjunto. Ed Lachmann, director de fotografía de obras tan dispares como la citada Lejos del cielo o la trilogía Paraíso de Ulrich Seidl, vuelve a recordarnos al clasicismo de forma tremendamente orgánica. Y es que, pese a  recobrar Carol lo mejor del cine clásico no estamos ante una película conservadora o poco original, al contrario, nos encontramos ante una película con personalidad propia, no exenta de modernidad, un avance del modo de mirar el cine contemporáneo a partir del cine clásico y es que el cine nunca muere, solo se renueva y Carol es una de las mejores muestras de ello.


Hace poco, el crítico de cine Ángel Quintana recordaba esta famosa afirmación de François Truffaut, dentro del marco de la Nouvella vague que renegó de las formas del cine clásico en aras de la renovación del cine que dio lugar a lo que hoy conocemos como cine moderno, principalmente en cuanto al cine de autor:

“Una película lograda según la crítica ancestral es aquella en la que todos los elementos participan del mismo modo de un todo, y es entonces merecedora del adjetivo de perfecta. Pero la perfección, el éxito, yo los decreto abyectos, indecentes, inmorales y obsceno.”

Ya ha pasado más de medio siglo desde aquellos años en los que el cine tuvo que romper consigo mismo para seguir adelante. Carol recupera, al fin y de forma incontestable, el cine clásico para convertirlo en cine moderno. Quizás sea este uno de los caminos más ilusionantes y prometedores que al cine le toque recorrer, dentro de la odisea de su propia historia, en las próximas décadas.

Carol es perfecta.

Por Rafael S. Casademont


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