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17 de enero de 2016

[CRÍTICA] Los odiosos ocho: exceso con sabor a clásico



La mejor película, en lo que va de siglo, de Quentin Tarantino. Los odiosos ocho supone el perfeccionamiento de todas las características cinematográficas que han hecho un autor reconocido en todo el mundo al californiano. Volviendo a la esencia de Reservoir dogs, confiando en su talento y añadiendo  todo lo que puede añadir alguien que puede hacer ya lo que quiera Tarantino vuelve a acercarse a una obra maestra.


Recuperando la esencia narrativa de Agatha Christie, nueve desconocidos (también es su novena película y no la octava como se anuncia con tono bromista) encerrados en una sola estancia durante una ventisca se irán conociendo y revelando sus cartas, con consecuencias obviamente catastróficas. El reparto, absolutamente espectacular (en especial Samuel L. Jackson y Jennifer Jason Leight) recitan de forma arrebatadora esas diálogos únicos que solo escribe el bueno de Quentin. La creación de personajes, las situaciones únicas y esos maravillosos momentos de eterno diálogo suspendidos en el tiempo que son marcas de la casa no faltan, con originalidad y un humor igual de gamberro que siempre. Mención especial merece el personaje de Jackson que parece, en su diálogo con el general, interpretado por Bruce Dern, acercarse a la gloria de su icónico diálogo en Pulp Fiction.


De nuevo, encontramos en el guión la cumbre de una película que, sin embargo, es mucho más. El examen, acertado, intersantísimo y arrebatador que Tarantino propone sobre las brechas raciales y las huellas de la guerra de secesión americana dan al espectador, con ganas de algo más que violencia y humor, un sustento más que suficiente para ver que el enfant terrible de Hollywood también puede examinar la conciencia de su país sin perder un ápice de frescura gamberra. De nuevo vuelven los “niggers” que tanto cabrean a Spike Lee.


Al contrario que en Django, desencadenado, tan extrema, radical y disfrutable como irregular y, finalmente, fallida Los odiosos ocho si nos resurge en el estomago esas sensaciones que solo nos dejaba el mejor western clásico a los que tan poco se parece sobre el papel, ese sabor a película de verdad, de quien sabe lo que hace. La excepcional música de Ennio Morricone y la fotografía, realizada en Panavisión 70 mm como no se hacía desde el año 1966 terminan por redondear el aroma a grandeza que desprende este western, con lo mejor del género y a la vez con lo más moderno. Algunos achacan a Tarantino que los 70 mm están desaprovechados en una obra semi teatral como esta, pero nada más lejos de la realidad. Es muy cierto que, especialmente, en los primeros diez minutos de película la grandeza de la imagen apabulla pero es en su interior, en la habitación cuando dicha grandeza de imagen permite ver todas las miradas, todos los objetos, todos los colores, lo cual convierte este planteamiento teatral en cine con mayúsculas.


Es cierto que el nivel de descaro que posee Tarantino le lleva a cometer algunos errores, probablemente a la película se le podría quitar media hora de su primera mitad. La fragmentación por capítulos quizás también este algo forzada. Sin embargo, el resultado final, la fotografía, la música, los diálogos, el reparto, los personajes, la historia en definitiva, se desarrolla como un todo de forma grave, brutal, madura y con autentico sabor a buen cine. Tarantino ha vuelto, aunque es cierto, nunca se llegó a ir del todo.

Por Rafael S. Casademont

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