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17 de mayo de 2015

[CRÍTICA] Silvered Water, Self-Portrait: la película hecha por 1.001 personas

La magia de grabar por primera vez, esa fascinación de poder ejercer la libertad individual, de capturar imágenes que puedan servir de testimonio, independientemente de su calidad, como acto de rebeldía, de autonomía y de desahogo. Así se puede definir esta peculiar película de corte documental dirigida por el sirio Ossama Mohammed en colaboración con la cineasta Wiam Simav Bedirxan.


“En Siria, los Youtubeurs filman y mueren todos los días. Mientras tanto, los otros matan y filman. En París, animado por mi amor incondicional por Siria, sólo puedo filmar el cielo y editar las imágenes. De la tensión que me causa la lejanía de mi país y de la revolución ha surgido un encuentro. Una joven cineasta kurda, con la que chateaba, me preguntó: "Si estuvieras en Homs con tu cámara, ¿qué filmarías?". La película cuenta la historia de ese encuentro”. La sinopsis resume de una manera discreta y poética una película construida por la barbarie, la brutalidad, la injusticia y, en definitiva, por la parte más oscura y terroríficamente real del ser humano.

 El film está formado por multitud de vídeos grabados por ciudadanos anónimos y soldados víctimas de la guerra civil de Siria, la mayoría filmados con cámaras de móvil, con una calidad de imagen ínfima pero con una fuerza explícita demoledora, difícil de soportar en numerosas ocasiones. Los escasos píxeles que forman los vídeos no son razón para no poder apreciar las siluetas humanas siendo torturadas o los cuerpos inocentes desangrados por las calles.


 Los distintos formatos de cada vídeo contribuyen a crear una sensación de impotencia y agobio sobre el espectador, que pasa de contemplar un vídeo de móvil grabado en vertical a una grabación panorámica de una cámara de mano. Puede que los formatos que desaprovechan la gran pantalla de cine creen espacios en negro vacíos tan solo rellenados por una fina línea vertical, pero teniendo en cuenta el doloroso contenido del vídeo, el espectador asiste a una obra propia de horror vacui.


 Omar Mohammed realizó una exhaustiva selección y montaje de vídeo, dividiendo la película en capítulos, siguiendo el orden cronológico de la guerra. Sin embargo, este horror es compensado por la reconstrucción poética de las conversaciones entre el director y Simav, una joven activista que le inspiró y ayudó. Ella se convirtió en los ojos de Omar a la misma vez que él reconstruyó la memoria de Simav a través de imágenes sobre las consecuencias de la guerra que ella misma grababa. Así, el espectador contempla esta bella relación de supervivencia mutua entre ellos y asiste a momentos tan íntimos como la primera herida de guerra de Simav o la alegría de sus alumnos al ver una película de Chaplin.

 Esta mezcla de vídeos crea un lenguaje cinematográfico propio del videoarte, que llena de esperanza un panorama desolador y denuncia intensamente una sociedad bárbara, uniendo estos dos tipos de contenido nada convencionales para construir un arma audiovisual potente y muy necesaria.
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